El surfista profesional brasileño Peterson Crisanto publicó una historia en redes sociales que rápidamente generó repercusión. En ella, explicó por qué no está compitiendo en Pipeline, una de las etapas más emblemáticas del surfing mundial, a pesar de haber conseguido la clasificación deportiva.
La respuesta fue directa: no pudo viajar a Hawái por falta de recursos económicos.
“Me clasifiqué con mérito y mucho esfuerzo, pero no pude estar ahí por un motivo duro y simple: dinero”, expresó Crisanto, visibilizando una problemática recurrente dentro del surf profesional.
Lejos de tratarse de un caso aislado, los números ayudan a dimensionar esta realidad. Según estimaciones publicadas por Stab Magazine, competir una temporada completa en el circuito que da acceso a la elite —las Challenger Series de la WSL— puede costar entre USD 40.000 y 55.000 por año.
Ese monto incluye viajes internacionales, alojamiento, alimentación, alquiler de autos, inscripciones, equipamiento y logística básica, sin contemplar entrenadores, preparadores físicos o apoyo técnico.
En ese contexto, la ausencia de Crisanto en Pipeline no responde a una cuestión deportiva, sino estructural. “La ausencia no borra el mérito ni el camino recorrido. Si llegué hasta acá una vez, puedo volver a hacerlo”, escribió el brasileño, dejando en claro que no se trata de una derrota, sino de un obstáculo.
El caso vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda del surf profesional moderno: el talento y los resultados no siempre alcanzan sin apoyo económico. Para muchos surfistas, incluso estando clasificados, competir sigue siendo una carrera cuesta arriba.
Como resume el propio Crisanto, a veces todo lo que un sueño necesita para continuar es algo tan básico —y tan difícil— como apoyo.